Fue una mañana del mes de julio: "Su hijo tiene Síndrome de Asperger", me dijo el especialista. No lloré en ese momento. Al contrario, sentí alivio.
Por Nayeli Rueda
Mi hijo estaba a punto de cumplir los tres años de edad, pero desde que tenía un año, había comenzado a consultar especialistas sin que ninguno pudiera decirme a qué se debía la conducta rara, diferente o extraña de mi bebé.
Era un niño que no seguía instrucciones, que no te miraba a los ojos, que no volteaba cuando le llamabas por su nombre. Era un pequeño que lloraba cuando en una fiesta la gente terminaba de cantar las mañanitas. Que se golpeaba la cabeza contra la pared si se enojaba.
Debido a su conducta le hicieron pruebas de audición. Al año de edad también lo canalizaron a terapia de lenguaje porque no hablaba. Así como a terapia física porque no gateaba ni caminaba. Recibió muchas horas de estimulación temprana.
Mi pequeño no buscaba a otros niños para jugar. No socializaba con la familia. Y a nosotros, sus papás, nos tomaba de la mano para obtener un juguete, un libro, su vaso de leche o algo que llamaba su atención.
SEÑALES DE AUTISMO https://www.youtube.com/watch?v=KTpYKpBUMkQ
¿Qué pasó después?
Al año ocho meses mi hijo sorprendía porque era un bebé que sabía los colores. Si íbamos al zoológico nombraba a casi todos los animales. A su corta edad también reconocía las letras del abecedario y comenzaba a leer.
Sin embargo, se le dificultaban cosas como el control de esfínteres. Permanecer sentado en el salón de clases. Seguir instrucciones. Comer o vestirse solo.
Lloraba si prendía la licuadora o usaba la secadora de pelo. Se tiraba al piso o se pegaba en la cabeza si no iba al lugar que él quería, o si no le daba un objeto.
Por eso, esa mañana del mes de julio, al escuchar que la conducta de mi hijo tenía un nombre, descansé. Confieso que ya antes había llorado y mucho. Una noche buscando en Internet algo que me dijera qué tenía mi hijo encontré la palabra autismo, luego asperger. Eso tiene mi hijo, deduje. Me sentí triste y lloré mucho. No sabía a lo que me enfrentaba y tuve miedo. Ahora, con un diagnóstico, sé a qué me enfrento y qué tengo que hacer.